Resultado positivo, pero ambiente de tensión: la afición se hizo escuchar en el Bernabéu
El Real Madrid jugó con fuego y escapó de su propia hoguera ante un Levante respondón en una noche en la que el fútbol se empeñó en desafiar a la lógica y la pizarra se quemó antes de llegar al descanso. Los blancos se plantaron ante el rival con el cartel de favoritos, pero terminaron firmando un ejercicio de supervivencia extrema en el que coquetearon con el desastre, encendieron las alarmas de Chamartín y, cuando el agua ya les llegaba al cuello, lograron apagar el incendio para rescatar tres puntos que valen oro pero dejan un regusto a azufre.
Desde el pitido inicial quedó claro que el Levante no venía de turismo, imponiendo un bloque medio-bajo asfixiante y transiciones que eran auténticos puñetazos a la contra para penalizar cada pérdida de un Madrid espeso en la circulación. La medular blanca, imprecisa y por momentos contemplativa, se convirtió en una autopista para las cabalgadas visitantes mientras el runrún en la grada no tardaba en aparecer ante un equipo que se estaba metiendo solo en la boca del lobo.
La primera mitad fue un monumento al descontrol local donde el Levante, oliendo la sangre, aprovechó la falta de contundencia de la zaga madridista para golpear primero y desatar los nervios con un gol que no fue un accidente, sino la consecuencia lógica de un Madrid que defendía por acumulación y no por intensidad. Durante muchos minutos el equipo pareció un coche de lujo sin gasolina, incapaz de desbordar por bandas y estrellándose una y otra vez contra el muro levantinista hasta que el Santiago Bernabéu dictó sentencia al descanso con un murmullo de desaprobación porque la hoguera ya estaba encendida y el Madrid se estaba quemando a fuego lento.
Pero si algo tiene este escudo es que sabe caminar sobre las brasas sin inmutarse y, tras el paso por vestuarios, la bronca táctica surtió efecto con un técnico que agitó el árbol desde el banquillo metiendo más revoluciones al centro del campo y ensanchando el terreno de juego. La metamorfosis no fue sutil sino un vendaval donde la entrada de savia nueva le dio al equipo la agresividad que le había faltado en la primera hora, permitiéndole vivir en el área rival, acumular saques de esquina y probar disparos lejanos que maduraron el partido. En apenas diez minutos de furia la calidad individual decantó la balanza con dos zarpazos, uno de ellos con más fe que ortodoxia, que le dieron la vuelta al marcador y desataron la locura en la grada.
El Madrid escapó de la quema, pero el partido deja deberes en la libreta porque ganar por puro peso específico y jerarquía es un recurso milenario en Concha Espina, pero jugar con fuego de manera sistemática suele terminar en quemaduras de tercer grado. El Levante se marchó con la cabeza alta y las manos vacías, víctima de la ley no escrita del Bernabéu, mientras el Real Madrid celebra tres puntos vitales para seguir en la carrera por el título, aunque con la certeza de que la próxima vez la hoguera podría devorarlos por completo si insisten en apagar el interruptor antes de tiempo.